Política Lingüística

"El país de la Normalización", un article de Jordi Amat

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"Cuando llegó la hora de la verdad, después de una reunión entre la socialista Marta Mata y el president Pujol (lo recordaba Jordi Font, que estaba en el Avui), se descartó definitivamente la doble línea"

LA VANGUARDIA

24 de abril de 1980. Palau del Parlament. El candidato Jordi Pujol expone programa para ser elegido president. Líneas principales de actuación: economía, institucionalización de Catalunya y defensa de la catalanidad. Amenazada después de décadas de hipertrofia nacionalista española, anunció que su gobierno impulsaría una ley de Normalización Lingüística que en la práctica tenía que posibilitar aquello que el artículo 3 del Estatut constitucionalizaba: el catalán como lengua propia de Catalunya. En último término, su implementación más las políticas culturales del conseller Cahner tenían un propósito: “Conseguir a través de un proceso que puede ser largo y que en todo caso tiene que ser asumido libremente y sin el más pequeño enfrentamiento que, en Catalunya, la lengua y la cultura propias del país sean las catalanas”.

Oposición lingüística

Como la lengua no es sólo un instrumento sino un factor configurador de una comunidad que se reconoce como tal a ella misma, la operación de desmantelamiento del catalanismo impuesto por el autoritarismo franquista tuvo como elemento de definición el ataque al catalán y la imposición del castellano en cualquier ámbito de la vida pública. Por eso mismo la defensa de la lengua proscrita fue mayoritario entre los antifranquistas catalanes. Fue al mismo tiempo factor de oposición y de cohesión en una sociedad fracturada por el poder dictatorial y la ausencia de un estado del bienestar que mitigara la desigualdad. Esta fue la semilla de un consenso que fue social antes de que pudiera ser político.

Es un proceso que empieza a tomar fuerza durante la segunda mitad de la década de los sesenta, a la vez que se van naturalizando dos ideas entrelazadas: la de un solo pueblo y la de normalización lingüística. Los agentes que hicieron posible esta realidad, central en la configuración de la Catalunya contemporánea, fueron múltiples. Desde el Institut d’Estudis Catalans y Òmnium Cultural a los activistas de campañas de movilización, buena parte del entramado asociativo del país y la tarea de pedagogía opositora impulsada por el PSUC, en tanto que partido nacional, que en la idea de reconciliación añadió la lengua como piedra de toque de la integración de una inmigración masiva que vivía en condiciones civiles de máxima precariedad.

No es casual que una ciudad como Santa Coloma de Gramenet, donde vivía una clase obrera desatendida, fuera un exitoso ejemplo de la acción impulsada por la Comisión Delegada de Enseñanza de Òmnium. Clases fuera de hora se llenaban de jóvenes que querían habitar la ciudad de los ideales. Aprender catalán era asumido positivamente, con escasas excepciones, como una condición para vincularse a la sociedad donde se había decidido arraigar. El aprendizaje de la lengua actuaba como un compromiso con la democracia. También a favor de la transformación social. Sobre el primer punto había consenso. Cuando llegara el cambio político habría un cambio de estatus del catalán. Incluso lo creían reformistas franquistas. ¿Cómo articularlo?

Catalán en la transición

4 de marzo de 1975. Ayuntamiento de Barcelona. Largo debate sobre el presupuesto municipal. Discusión sobre una propuesta del concejal Soler Padró. Preguntó si la podía exponer en catalán. No. La prohibición era absurda, como demostraría un dictamen encargado por Joan Antoni Samaranch –presidente de la Diputación–, pero la costumbre era el destierro del catalán de las instituciones. Soler Padró pedía que se incluyera una partida de 50 pesetas dedicadas a promover la cultura y la enseñanza de la lengua catalana. Perdió. La decisión primera, en un clima de movilización creciente, acentuó la ofensiva. No importó que al cabo de poco más de un mes el alcalde aprobara un decreto en virtud del cual se destinarían 47 millones para el fomento de la lengua y la cultura catalana. El consenso social sobre la lengua como forma de desgaste del régimen.

Se activaron diversas iniciativas confluentes. Peticiones de muchos ayuntamientos de ayudas para la enseñanza del catalán (en el área metropolitana y en la Catalunya interior), impulso del manifiesto “Volem els Ajuntaments i l’Escola Catalans i Democràtics” –suscrito por muchas entidades, muchas asociaciones de vecinos, como ha explicado Marc Andreu– y consolidación de las bases del Congrés de Cultura Catalana. Si el proyecto inicial había sido elaborar una especie de libro blanco sobre cómo institucionalizar la cultura catalana, a partir de aquel momento, además de ampliar su objetivo ideológico, adquiría una fuerte resonancia popular. La campaña “ Catalán en la calle”, liderada por Cahner en el marco del Congrés, moviliza centenares de personas en el área metropolitana. Su mensaje era claro: exigir que el catalán fuera la lengua de uso habitual y oficial. En la comisión de lengua del Congrés, pero también en la educativa, la catalanización de la escuela fue un principio indiscutido.

Septiembre de 1978. Parador de Sau. La Comisión de los Veinte, redactora del Estatut, discute sobre la lengua. Es la hora de articular políticamente el consenso social en el marco de la Constitución. La propuesta de socialistas y comunistas fue definir el catalán como lengua propia. Cuando semanas después el texto era debatido en el Salón de la Reina Regente en el Ayuntamiento, una enmienda convergente –“el idioma catalán tiene en Catalunya el mismo tratamiento oficial que la Constitución reconoce al castellano para todo el estado Español”– fue rechazada por la mayoría de izquierdas. El diputado Ramon Trias Fargas pidió la palabra para pronunciar un discurso encendido. “Nosotros queremos integrar, nosotros queremos ser generosos, pero la única cosa que no podemos aceptar y no queremos aceptar es que la esencia de Catalunya, el espíritu de Catalunya, la sangre de Catalunya, que es su idioma, quede postergado y condenado a la larga a su desaparición”. La sesión se interrumpió. Al cabo de pocos días los parlamentarios votaban a favor del redactado definitivo del punto 2 del artículo 3: “El idioma catalán es el oficial en Catalunya, así como también lo es el castellano, oficial en todo el Estado español”.

¿Hubo voces disonantes con el diseño que se estaba trazando? La más significativa, poco después de la aprobación del Estatut, el artículo “El destino cultural de la emigración española en Catalunya”. Su autor, que firmaba como militante de la federación catalana del Partido Socialista de Aragón, era Federico Jiménez Losantos. En uno de los think tanks del catalanismo progresista –la Fundació Jaume Bofill– sus patrones lo leyeron con cierto temor: su discurso podía, potencialmente, fracturar el consenso catalanista musculoso durante la posguerra.

Acción política

Fue en virtud del Estatut que el primer gobierno Pujol, formalizando el autogobierno, impulsó políticas de normalización. La primera decisión fue crear la dirección general de Política Lingüística integrada en el Departament de Cultura. La dirigía Aina Moll y contaba con dos servicios: el de asesoramiento lingüístico y el de normalización lingüística, cuyo objetivo principal era que el catalán fuera aceptado colectivamente como la lengua propia. Quizás la acción más recordada de aquella etapa fue la campaña oficial “ La Norma”. Entre el mes de octubre de 1981 y el Sant Jordi de 1982 aquella niña de 10 años comprometida con la normalización nos decía que “el català és cosa de tots”. El país se inundó de propaganda. Pero más relevante fue la elaboración de la Llei de Normalització, proceso que Paola Lo Cascio estudió con detenimiento.

El verano de 1980 un primer redactado, elaborado desde la conselleria, fue filtrado en la prensa. La oposición socialista se quejó y la protesta hizo que la redacción fuera encomendada a la comisión de Política Cultural del Parlament. La ley fue fruto del pacto parlamentario. Articularla no fue fácil. Por el camino, aparte del “Manifiesto por la igualdad de derechos lingüísticos en Catalunya” y la consecuente creación de la Crida a la Solidaritat en Defensa de la Llengua, la Cultura i la Nació Catalanes, en mayo de 1981 el grupo socialista perdió su propuesta de una escuela catalana común para evitar la creación de dos redes escolares. Pero cuando llegó la hora de la verdad, después de una reunión entre la socialista Marta Mata y el president Pujol (lo recordaba Jordi Font, que estaba en el Avui), se descartó definitivamente la doble línea. Aquello que esencialmente estaba en juego era determinar si el catalán, tal como sostenían convergentes y comunistas, tenía que ser lengua preeminente o, como sugerían los socialistas, la consecución de la plena igualdad de catalán y castellano tenía que ser el objetivo final de la normalización. Sostiene Lo Cascio que el resultado final, gracias a la mediación del PSUC, aunó las tesis socialistas sobre el proceso de la normalización con las convergentes sobre cuál tenía que ser su objetivo final.

6 de abril de 1983. Parlament. La ley tuvo 105 votos a favor, ninguno en contra, una abstención. Fue la expresión política más rotunda del país de la Normalización. Sobre este consenso amplísimo se institucionalizó la cultura política del catalanismo durante el periodo de autogobierno más largo de la historia de la Catalunya contemporánea. Nunca como ahora había sido puesto tanto en cuestión.